El gran juego americano
El fútbol americano y su máxima expresión, el Superbowl, están inmersos en lo más profundo del alma estadounidense, más que los otros grandes deportes inventados y exportados por el imperio: el beisbol y el baloncesto. Su celebración cada mes de enero paraliza a la nación y moviliza millones de dólares en publicidad y comercialización

Aquel domingo 28 de enero de 1996, domingo de Superbowl, percibimos en el propio escenario la trascendencia que este día tiene para los estadounidenses desde la década de los 70, cuando se disputó la primera edición del famoso juego. Es todo un acontecimiento. Era de esperarse entonces que para alguien no acostumbrado a tan arraigado espectáculo, clímax anual del campeonato de fútbol americano, el evento y sus aristas resultara infinitamente novedoso, algo fuera de serie.
Esa vez estuvimos frente a un televisor, rodeados de pasapalos de maíz y maní, de botellas de la intragable Budweiser y de ron blanco, viendo durante algo más de dos horas un espectáculo que sólo conocíamos por referencia. Por tratarse de un deporte poco difundido en Venezuela, que incluso pasaba casi desapercibido en los diarios, uno respiraba tranquilo al justificar la ignorancia, pero en el fondo estaba claro que sabíamos de la importancia del suceso.
Constatamos en suelo gringo, junto a unos cuantos hijos del imperio en este caso adoptados, lo que significa el Superbowl para la sociedad norteamericana. Arnaldo Yero, un cubano de los miles que llegaron a Miami durante el éxodo del puerto de Mariel en los 80, "marielitos" los llamaron, fue el encargado de organizar la velada dominical en su casa junto a varios de sus compatriotas y un puertorriqueño (eso explica lo del ron).
Todos eran expertos en la disciplina. Nosotros desentonábamos, pero la experiencia había que vivirla y valió la pena el trago amargo. Yero vivía en un apartamento de Hialeah, la zona mayamera de clase media poblada en su mayoría por nativos de Cuba o descendientes de éstos. Llegó a Miami de adolescente y rápido se asimiló. Estudió traducción, lo que le valió para conseguir empleo en la United Press Internacional (UPI), una de las agencias noticiosas pioneras hoy en extinción.
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